Pasamos nuestros últimos días en Canarias visitando la isla de Lanzarote. Al llegar a esta isla uno se encuentra en un paisaje muy árido y ventoso. Las precipitaciones son escasas, pero en los días que estuvimos en la isla, la lluvia nos acompañó con bastante frecuencia. Nos hospedamos a pocos km. de su capital, Arrecife.
Arrecife es el centro comercial y administrativo de la isla, con modernas edificaciones y calles de intensa actividad comercial. Pero esta ajetreada vida moderna no le ha impedido conservar el carácter y el estilo de pueblo colonial con sus casas blancas de no mucha altura. Es una excepción el hotel
Arrecife Gran Hotel que con sus 17 plantas destaca de todas las otras edificaciones. Se puede subir al bar de la última planta y contemplar unas bonitas panorámicas mientras se toma algún refresco.
Dos puertos naturales, el castillo de San Gabriel, que desde un islote frente la ciudad dominaba toda la bahía, y el castillo de San José sirvieron para defender la ciudad de piratas. Para llegar al castillo de San Gabriel se construyó en 1596 un puente que aún se conserva, debido a las esferas que coronan los pilares se le denomina "Puente de las Bolas".
El 24 de abril de 1919 nació en Arrecife César Manrique, un artista defensor de la riqueza natural de la isla que en los años 70 y 80 supo integrar sus obras con el entorno natural de Lanzarote. Murió en 1992 en un accidente de trafico cerca de la fundación que lleva su nombre.
La fundación está edificada sobre una colada lávica de la erupción de 1730-36, ubicada cerca de villa Teguise, antigua capital de Lanzarote. Aprovecha en el nivel inferior cinco burbujas volcánicas para crear un espacio habitable extraordinario y de gran belleza. La parte superior o exterior de la casa, está inspirado fielmente en la arquitectura tradicional de Lanzarote.
Al salir de la fundación dimos una vuelta por Teguise. Visitamos la iglesia dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, curioseamos por el famoso mercadillo de artesanía y tuvimos ocasión de provar unos riquísimos aperitivos de una muestra gartronómica que se celebraba este día.
El Jardín de Cactus es otra obra de César Manrique representando el alma lanzaroteña. Este jardín es un canto a la vida en medio de la desolación aparente. Simboliza el trabajo del hombre transformando el entorno y haciendo que la vida triunfe sobre lo inanimado. Una gran variedad de cactus se alzan sobre la negra ceniza creando formas y perspectivas que cambian al paso del observador cuando se pasea por los caminos de piedra. Un molino en la cima preside el jardín.
Pero el paisaje que más nos sorprendió en esta isla fue el
Parque Nacional de Timanfaya. La zona donde hoy se extiende el parque fue sacudida por las grandes erupciones de los siglos XVIII y XIX que transformaron la región mas fértil de Lanzarote en un desierto de muerte y desolación, sepultando en su furia varios pueblos, caseríos aislados y a sus habitantes y cultivos. Recorrer estas tierras inhóspitas es una experiencia única e irrepetible.
Empezamos el recorrido en el Echadero de los Camellos donde unos doscientos dromedarios esperan a los visitantes y a lomo de un camello hacemos un corto trayecto, solo para revivir así los pasos de los lugareños de antaño, quienes hasta mediados del siglo XX utilizaban estos animales para su traslado.
Frente al restaurante El Diablo los guías del Parque demuestran las pavorosas temperaturas de alrededor
de 400 Cº que fluyen a sólo varios centímetros bajo tierra. Los vapores
salen despedidos de las tuberías cuando se les arroja agua y en un agujero que se
arrima la paja, ésta arde inmediatamente. En un horno natural donde el calor sube de las entrañas de la tierra hay una rejilla encima de un agujero donde se asan los alimentos.
El recorrido de los volcanes se hace exclusivamente en autobús. Salen del aparcamiento del restaurante de El Diablo cada 15 minutos. Durante el trayecto se contemplan conos volcánicos, cráteres, mares de lava, cenizas y coladas de magna. Está prohibido salir del autobús.
Los campesinos de Lanzarote con su carácter paciente, esforzado, tenaz y con profundo conocimiento de su tierra, han logrado cultivar viñedos que proporcionan unas cosechas admirables por su abundancia y soberbias por la calidad de su vino. Las vides se plantan en grandes hoyos, protegidas de los vientos atlánticos por muros de piedra. A pesar de no contar con ríos o abundantes lluvias, los hoyos captan la humedad de los vientos marinos y la conservan gracias a una delgada capa de arena y cenizas que los campesinos depositan en su fondo. Toda una maravillosa obra de ingeniería ecológica y de sabiduría popular.
Otros bellos rincones nos quedaron por visitar. En otra ocasión que volvamos a Lanzarote nos acercaremos a los Jameos del Agua y Cuevas de los Verdes, Mirador del Río, los Hervideros, Salinas del Janibio y otros tantos lugares que invitan regresar a esta isla.